La mesa que construyeron para nosotros

Shabath en casa de los abuelos

Judith Osers Muller, es una destacada líder comunitaria, filántropa y diseñadora, que se desempeña como Presidenta para el South Florida Chair of the Yad Vashem USA Foundation. Desde esta responsabilidad, lidera iniciativas regionales para promover la memoria y la educación sobre el Holocausto, asegurando que las voces y los legados de los sobrevivientes perduren. Ha desempeñado un papel fundamental en la creación y desarrollo de publicaciones relacionadas con el Holocausto, a través de sus aportes en diseño, edición e ilustración de obras como Dorit’s Garden: Memoirs of the Holocaust y Las Horas Negras, transformando testimonios personales y colectivos en obras perdurables de memoria, educación y reflexión.


Lo que mis abuelos, sobrevivientes del Holocausto, me enseñaron sobre el hambre, la abundancia, la familia y cómo llevar un legado a la siguiente generación.

A medida que se acercan las Altas Fiestas, me pongo a pensar en lo que heredamos de las generaciones que nos precedieron. No solo sus nombres, fotografías e historias, sino también esos pequeños hábitos que se vuelven parte de nosotros antes de que tengamos la edad suficiente para entender de dónde vienen.

Como nieta de sobrevivientes del Holocausto, pienso mucho en la memoria. Tengo el privilegio y la responsabilidad de contarles a los niños la historia de mi abuelo Harry. Les hablo de cómo sobrevivió en Terezín y Auschwitz, de la marcha de la muerte y de la vida que construyó después de sobrevivir a aquello que pretendía destruirlo.

Esa es la historia que cuento en el salón de clases.

Pero hay otra parte de la historia de mis abuelos que no enseño allí. Está en mi cocina.

Cuando era niña, los domingos en casa de mis abuelos significaban almuerzo familiar. Podía haber doce o quince personas alrededor de la mesa. Siempre había comida y, de alguna manera, siempre alcanzaba para todos. Nunca pensaba en todo lo que hacía falta para que eso sucediera: planificar, hacer las compras, preparar los alimentos, pasar horas cocinando y después recogerlo todo. Para mí, simplemente era domingo.

Recuerdo la comida tanto como recuerdo la cocina. Sopa de goulash, recetas checas y ashkenazíes, ensalada de pepino, schnitzel y papas preparadas de todas las maneras posibles. Parecía que Paprika iba en casi todo, y Aromat era el condimento que recuerdo ver por todas partes. Todavía me encanta esa comida. Esos sabores son parte de lo que para mí significa hogar.

Las papas fritas siempre eran un éxito. De alguna manera, el plato quedaba vacío antes de llegar siquiera a la mesa.

Y luego estaban las manzanas. Mi abuelo se sentaba a picarlas y nosotros nos acercábamos para agarrar un pedacito mientras las iba cortando. No recuerdo cuántas manzanas había. Solo recuerdo que todos nos acercábamos por un pedazo. Era una de esas pequeñas cosas que, sencillamente, formaban parte de nuestra familia.

También había algo que Dorit y Aya hacían y que yo he llevado conmigo a lo largo de mi vida. Si no comía mucho o no repetía, me preguntaban si me había gustado la comida.

De niña, escuchaba a una abuela preguntarle a su nieta si había disfrutado el almuerzo. De adulta, escucho algo más.

Harry, Dorit y mi bisabuela Aya habían conocido el hambre y la inanición. Sabían lo que significaba no tener comida y lo que el hambre prolongada podía hacerle al cuerpo. Yo crecí sabiendo que siempre habría comida en la mesa.

No desperdiciábamos la comida. Nos dábamos cuenta cuando alguien no estaba comiendo. Nos asegurábamos de que hubiera suficiente para todos. Nada de esto me parecía extraño. Así era, simplemente, como vivía mi familia.

Solo más tarde entendí que aquello que para mí era normal también estaba marcado por algo profundamente anormal en la vida de la generación que me precedió.

Uno de mis recuerdos más claros de la infancia es el de mi abuela Dorit y mi bisabuela Aya en su cocina. Hacían tantas cosas juntas que, en mi memoria, son casi inseparables. Aya se sentaba en su silla de cocina, con sus brazos fuertes apoyados sobre la mesa y todo lo que necesitaba al alcance. Juntas mezclaban, probaban, agregaban un poquito de esto y un poquito de aquello, y convertían ingredientes sencillos en la comida que llenaba nuestra mesa familiar.

No había libros de recetas ni utensilios para medir.

Aprendí a cocinar como se aprende la música.

Las observaba, probaba lo que preparaban y absorbía el ritmo de nuestra cocina familiar. Incluso hoy hay recetas que puedo preparar sin mirar una receta porque las conozco como se conoce una canción que uno ha escuchado muchas veces. No necesito medidas. Sé cómo debe saber.

Durante años pensé que había heredado recetas. Ahora entiendo que heredé algo mucho más grande. Heredé tradiciones.

Hoy me encanta cocinar para mi familia. Entiendo el trabajo que implica alimentar a un grupo grande y entiendo aún más lo que significa escoger hacerlo. Cuando preparo una comida y veo a todos sentarse juntos, pienso en mis abuelos y en todo lo que su supervivencia hizo posible.

Ellos habían conocido lo que significaba ser privados de comida. Con el tiempo, llegaron a ver a sus hijos, nietos y bisnietos reunidos alrededor de mesas llenas de comida.

El milagro no es solamente que sobrevivieran. Es todo lo que su supervivencia hizo posible. Construyeron familias, crearon hogares, reunieron a la gente y nos alimentaron. Nos dieron tradiciones que seguimos manteniendo, a veces sin darnos cuenta de lo profundamente conectadas que están con las vidas de las que provienen.

Y ahora soy yo quien cocina.

Mis hijos me observan en la cocina. Me ven preparar comida para familiares y amigos y escuchan historias sobre las personas que estuvieron antes que ellos. Quizás algún día comprendan que esos momentos cotidianos nunca fueron realmente cotidianos.

Las Altas Fiestas me hacen pensar en esto más de lo habitual. Nos invitan a mirar hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo, a recordar a quienes nos precedieron, a agradecer por un año más y a pensar en lo que llevaremos con nosotros al siguiente.

Mis abuelos ya no están. Aya tampoco. No puedo volver a sentarme con ellos alrededor de aquella mesa de domingo, pero su presencia no ha desaparecido de mi vida. A veces los encuentro en una receta familiar. A veces, en el impulso de preguntarle a alguien que no está comiendo: “¿Te gustó?”. A veces, simplemente, en la necesidad de reunir a la gente.

Y a veces los encuentro cuando miro alrededor de mi propia mesa.

Mi mesa está llena, pero nunca estará completa.

Hay primos, tías, tíos y generaciones enteras de sus descendientes que deberían haber estado allí, pero que fueron asesinados antes de tener la oportunidad de envejecer, criar hijos, conocer a sus nietos o sentarse alrededor de una mesa familiar.

Hay personas cuyos nombres conozco, pero cuyos rostros nunca conoceré.

Su ausencia también forma parte de mi herencia.

No puedo devolverles la vida a esas personas, pero sí puedo decidir qué sucede en la mesa que vino después de ellos. Puedo llenarla de familiares y amigos. Puedo cocinar para las personas que amo. Puedo enseñarles a mis hijos a valorar lo que tienen sin dar la abundancia por sentada. Puedo contarles las historias y mostrarles lo que esas historias significan en la manera en que vivimos.

Mi abuelo Harry solía decir: “No medimos la riqueza por los ceros en la cuenta bancaria, sino por las personas que tenemos alrededor de nuestra mesa”.

He llegado a comprender esas palabras no simplemente como algo sabio que alguna vez dijo mi abuelo, sino como una filosofía que él vivió. Siempre habrá lugares vacíos en nuestra mesa. Las vidas perdidas en el Holocausto no pueden ser reemplazadas y las familias no pueden ser reconstruidas.

Pero la mesa puede seguir adelante.

Puede llenarse de personas que se quieren, de niños que llevan consigo historias que no vivieron personalmente, de amigos que se convierten en familia, y de conversaciones, risas, comida, valores e integridad moral.

Ese es el legado que quiero transmitir.

No solo la historia de cómo sobrevivieron mis abuelos, sino la historia de lo que hicieron con las vidas que les fueron dadas.

Nos alimentaron. Nos reunieron. Construyeron una familia.

Y ahora, cuando cocino para la mía, entiendo que estoy haciendo mucho más que preparar una comida. Estoy llevando su historia hacia adelante, no solo al contarla, sino al vivirla.

Quizás eso sea realmente el legado.

No solo las historias que heredamos, sino lo que hacemos con ellas.

Al entrar en un nuevo año, agradezco la mesa que construyeron para nosotros.

No están en ella todos los que deberían estar.

Pero está llena.

Por Judith Osers Muller

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